Fui a ver "Drácula, el musical" a un teatro de la calle Corrientes. Fui por obligación, lo admito.
Me pareció larguísimo y un bodrio total, sobre todo porque no entendí un carajo de lo que decían. Nada de nada. Ni siquiera pude entender si cantaban en castellano o en otro idioma. Tan embolante me resultó que en el intermedio pensé que ya estaba todo terminado y casi me fui. Me paré de la butaca y todo. Pude disimular diciendo que quería estirar las piernas, pero lo cierto es que pensé que había terminado.
Me tuve que fumar la segunda parte. Otras dos horas de no entender lo que pasaba en el escenario. Horrible. Pero al final repuntó: cuando ¡por fin! el bendito musical terminó de veras, los actores y actrices salieron al escenario para saludar al público. Salieron todos menos el protagonista. Se agarraron de las manos, se inclinaron una vez, saludaron con las manos y se corrieron hacia un costado para que el actor principal hiciera su entrada triunfal. Y ahí lo vimos venir, todo contento y con la capa de Drácula todavía puesta, feliz, luciéndose, caminando rápido, pisándose la punta de la capa y cagándose de un golpe a mitad del escenario, con toda la gente mirando y con todas las luces prendidas.
Al final me fui con la sensación de no haberla pasado tan mal. Es impresionante lo que puede lograr un buen remate.